Falta apenas un mes para que el Banco Interamericano de Desarrollo celebre su asamblea anual, en Barranquilla, en medio de un clima regional distinto. El surgimiento de protestas populares en diferentes capitales ha sonado como un campanazo de alerta, justo cuando el crecimiento de las economías latinoamericanas no avanza.

Sobre ese y otros temas, incluyendo el papel del sector privado en la posible solución de la crisis, EL TIEMPO habló con el colombiano Luis Alberto Moreno, presidente de la entidad multilateral desde 2005 y quien entrega el cargo a comienzos del próximo octubre.

Salieron las cifras de crecimiento de la economía colombiana el año pasado. ¿Qué opinión le merecen?

Indudablemente son muy positivas, sobre todo cuando se miran en el contexto de una región que prácticamente no creció. Es llamativo que el consumo privado se expandió a un ritmo vigoroso, al igual que la inversión. No es para nada despreciable que Colombia haya mostrado el mejor desempeño de América Latina entre el grupo de países con mayor número de habitantes, un logro que volvería a repetir en 2020, según las proyecciones disponibles. Sin duda, algo estamos haciendo bien.

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Aun así, las encuestas muestran que el pesimismo se mantiene…

Eso es algo que se ve en los cinco continentes. En general, la insatisfacción al alza es una de las características de la realidad actual, tanto en las sociedades más prósperas como en las emergentes. Para decirlo de manera coloquial, la gente no está contenta, así las estadísticas muestren que la pobreza disminuye y la clase media es mucho más grande ahora.

¿Cómo analiza el caso latinoamericano a la luz de esa insatisfacción?

Como la demostración de que la ciudadanía espera mucho más. Cuando el BID nació hace más de sesenta años, una de las prioridades era la buena provisión de servicios públicos como electricidad, agua y saneamiento. Cubiertas esas necesidades, las demandas populares cambiaron y vienen evolucionando, sin desconocer que todavía el 30 por ciento de nuestra población se encuentra en la pobreza.

Pero ese diagnóstico no es nuevo. ¿Por qué las protestas llegaron ahora?

Porque las esperanzas de mejoría se estrellaron con fenómenos de estancamiento o retroceso. La región dejó de crecer cuando terminó la bonanza de precios altos de las materias primas que exportamos. Cuando uno mira el ingreso por habitante, en estos seis años pasados hemos dado marcha atrás. El cálculo es que desde 2014 hay 27 millones de latinoamericanos más en condición de pobreza. Y aunque todavía estamos mucho mejor que al comenzar el siglo, la sensación de inseguridad económica viene en aumento.

¿Qué quiere decir eso?

Que muchos sienten que el peligro de experimentar un retroceso es real. Eso tiene que ver con el deterioro del mercado laboral, porque el desempleo es mayor ahora. Si a lo anterior se le suma que seguimos siendo la zona de peor distribución del ingreso en el mundo, es sencillo entender que las personas no están dispuestas a tolerar un deterioro en su situación, si sienten que pagan justos por pecadores. No olvidemos que en América Latina, el 10 por ciento de la población posee entre 35 y 40 por ciento de la riqueza.

Además está todo este cambio tecnológico…

Cierto. Los jóvenes se preguntan, con razón, si lo que están estudiando les va a servir cuando terminen su educación y salgan al mercado laboral. No dudo en afirmar que la cuarta revolución industrial trae posibilidades de mejora que deben impulsarse, al mismo tiempo que se mitigan los riesgos, lo cual pasa por el diseño de programas de actualización en conocimientos. La pregunta es si ante tantas urgencias, estamos pensando en cómo responder a esas necesidades.

¿Por qué es importante la sostenibilidad en este contexto?

Porque tampoco se siente que estemos reaccionando bien. Partamos de una base cierta: nuestra región es particularmente vulnerable al cambio climático. El aumento en las temperaturas promedio en el planeta nos va a traer dolores de cabeza, aparte de desastres naturales y pérdida de vidas, si no actuamos a tiempo. Podemos enfocarnos más en fuentes renovables de energía y preservar nuestras riquezas naturales, al tiempo que explotamos los recursos con que contamos de manera responsable. Sin embargo, eso nos obliga a aprender de los errores del pasado y a hacer las cosas de manera correcta.

¿No se supone que la democracia debería servir para que ese inconformismo lleve a cambios políticos?

Eso ha pasado, sin duda. El problema es que en nuestro caso desemboca en las propuestas populistas, que acaban empeorando las cosas. Eso ocurre porque la clase política se quedó pasmada, para no hablar de la que acabó metida en la corrupción, sin ser el motor de cambio que los votantes esperaban. Si los dirigentes no entregan las soluciones, la única opción para muchos es salir a la calle, en uso de un derecho que es legítimo. Lástima que en más de un caso esas quejas genuinas acaben siendo aprovechadas por los oportunistas que tratan de pescar en río revuelto. Pero más allá de los que buscan provecho, los líderes de diferentes sectores necesitan entender que si no van con la ola, la ola se les viene encima.

¿Para qué sirven las protestas?

Para que hagamos una reflexión profunda sobre lo que está pasando y entendamos las raíces del descontento. También son una manera de insistir en que se hagan los cambios que no hemos querido hacer, porque más de uno considera que es cómodo seguir en las mismas. Pero esto no es viable, ni desde el punto de vista del clima de opinión ni mucho menos del de la ética. Para comenzar, hay que tomarse el propósito de una mayor igualdad en serio.

¿Cuál es el riesgo de cruzarse de brazos?

Un sentimiento de mayor frustración, que puede conducir a expresiones anárquicas. Estos desafíos hay que solucionarlos con la cabeza y no con el hígado, de parte de los manifestantes, porque de lo contrario se corre el peligro de un círculo vicioso que golpea el consumo y el empleo. A su vez, los gobernantes están obligados a responder a ciertas demandas y a acercarse a la ciudadanía, en lugar de enconcharse.

¿Cómo pueden impulsarse cambios con gobiernos que son tan débiles?

Pienso que el sector privado puede ser un factor que ayude a que esto salga bien. En agosto pasado, los líderes de las principales empresas de Estados Unidos reconocieron que hay que tener una mirada más amplia, que vaya más allá de las utilidades. En el foro de Davos hace un mes, uno de los principales temas de debate fue el del capitalismo de las partes interesadas, que básicamente se traduce en que hay que preocuparse y tomar cartas en el asunto respecto al bienestar de las sociedades en las cuales las empresas hacen negocios.

Las protestas sirven para
una reflexión profunda sobre lo
que está pasando y entender las raíces del descontento. Y son una manera de insistir en que se hagan los cambios que no hemos querido hacer

¿En qué consiste el peligro de no hacer nada?

En que el péndulo se devuelva. Ciertos excesos del capitalismo se usan como justificación para proponer regresar a épocas que ya creíamos superadas, como la de creer que el Estado debe volverse a meter en labores productivas o prestar servicios que están en manos de los privados, para no hablar de posturas extremas en favor de la nacionalización o de la expropiación de activos. A mí me inquietó mucho la encuesta que muestra que la opinión sobre las compañías en Colombia es ahora más desfavorable que favorable. Eso lleva a que el terreno se vuelva más propicio para quienes proponen verdaderas locuras.

¿Cuál es su consejo?

Que hay que dejar la actitud defensiva y pasar a las propuestas, a partir de un ejercicio de reflexión e introspección. Las declaraciones que dio David Bojanini en ‘Portafolio’ me dan una dosis de optimismo, porque dejan en claro que el sector privado es parte de la solución y no del problema. Espero que, del examen que se haga, aparezcan propuestas relacionadas con el empleo decente, la equidad de género y la sostenibilidad ambiental, entre muchos otros temas. Para decirlo de manera coloquial, hay que pasar del CVY al CVT: del cómo voy yo al cómo vamos todos.

¿Tiene ejemplos en mente?

Pienso que la profundización del mecanismo de obras por impuestos podría servir para salir de verdaderos cuellos de botella en infraestructura, si se permite que varias compañías hagan alianzas con un mismo propósito. La profundización financiera es mucho mayor ahora, aunque sería ideal que lleve al final del ‘gota a gota’, que es una forma de explotación aberrante. De otro lado, vale la pena examinar las políticas de pago a proveedores o de tercerización de personal. En todos esos campos, hay espacio para la acción.

¿Qué les dice a los colombianos que le hablan de la coyuntura?

Que esto lo sacamos entre todos, empujando para el mismo lado. Es miope pensar que uno puede prosperar en sociedades enfermas o agobiadas por diferentes males. Para hablar de un renglón en concreto, el sector financiero se arriesga a ser considerado el culpable de muchas frustraciones si la percepción es que en lugar de fuente de oportunidades, es una piedra en el zapato.

Viene la Asamblea del BID en Barranquilla. ¿Cree que se van a tocar esos temas?

Espero que así sea. Solamente si hacemos un examen a fondo de la realidad, podremos entenderla y llegar a remedios que sirvan. Este descontento que uno registra en buena parte de América Latina puede ser muy útil, en caso de que se traduzca en un giro relativamente ordenado. Habrá algunos que quieran algo diferente al capitalismo, pero estoy convencido de que la mayoría de la gente desea que la dejen participar, trabajar en libertad y poder emprender, que sus hijos tengan un mejor futuro y que la torta se reparta en forma más equitativa. A nadie le gusta el juego si siente que los dados están cargados en su contra.

¿Cree, entonces, que esta es una oportunidad?

La inconformidad se puede aprovechar, mientras no derive en anarquía o el retorno a modelos fallidos. Pero eso no va a pasar por generación espontánea. Hay que meterse al agua. Los gobiernos requieren escuchar más al pueblo, hablar con claridad y actuar responsablemente. De vuelta al sector privado, su obligación es estar en la vanguardia, no en la retaguardia.

RICARDO ÁVILA
Especial para EL TIEMPO

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