El auge de los precios de las criptomonedas ha creado una especie de fiebre del oro digital, pero los expertos insisten en que no hay que dejarse deslumbrar y recuerdan que la prudencia siempre acaba siendo sabia.

El viernes los titulares volvieron a los medios de comunicación de todo el mundo. Una vez más en lo que va corrido del año, la cotización del bitcóin llegó a un nuevo máximo histórico al superar los 55.000 dólares por unidad. Como resultado, el salto desde el pasado primero de enero llegó a ser de más del 90 por ciento, y cuando se toma como base el arranque de octubre, el múltiplo es de cinco veces.

La noticia podría sonar lejana, de no ser porque Colombia es uno de los lugares del planeta que más parecen haber abrazado esta opción. Según un estudio hecho por la firma Chainalysis en septiembre pasado, el país ocupa el noveno lugar en el mundo y el segundo en América Latina en el índice de criptoadopción global, que considera varios parámetros, incluyendo los volúmenes negociados.

De ser así, la reciente ola alcista puede haber dejado un buen número de ganadores en el territorio nacional. Pero ello no les impide a las autoridades señalar que esta es una alternativa de carácter especulativo, que no se encuentra regulada y que puede prestarse a fraudes o abusos. Ello no evita, además, la obligación de reportarle su posesión a la Dian.

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Tal como lo señaló hace tres años largos un oficio de la Superintendencia Financiera: “No existe ningún tipo de reglamentación legal respecto de esta moneda virtual, y ninguna entidad del Estado efectúa control sobre estas; por lo tanto, quienes adquieran o efectúen transacciones con ellas arriesgan voluntariamente su patrimonio”.

A pesar de las advertencias, es imposible negar que en muchos sitios esta mercancía digital comienza a ser aceptada. El magnate Elon Musk sacudió los mercados en la segunda semana de febrero, cuando dijo que la compañía de autos eléctricos Tesla, de la cual es el principal accionista, había invertido 1.500 millones de dólares de sus reservas de caja en comprar bitcoins.

Pocos días más tarde, el banco BNY Mellon –el más viejo de Estados Unidos– informó que comenzaría a manejar activos de ese tipo para sus clientes, al tiempo que MasterCard también señaló que los incorporaría a su red. Tal dosis de respetabilidad le dio vapor a un auge cuya duración es un verdadero misterio.

El magnate Elon Musk sacudió los mercados cuando dijo que la compañía de autos eléctricos Tesla había invertido 1.500 millones de dólares de sus reservas de caja en comprar bitcoins

¿Realidad o ficción?

Nadie entiende muy bien por qué una invención concebida en 2008 por alguien de quien solo se conoce el seudónimo –Satoshi Nakamoto– se convirtió en tan corto tiempo en una opción válida de inversión para un número creciente de personas e instituciones. Al comienzo, romper el escepticismo no fue fácil, pero de un momento para otro las cosas cambiaron radicalmente.

Chainalysis sostiene que en al menos 154 países se registran transacciones regulares de criptomonedas, pues la familia incluye otros nombres como Ethereum, Ripple o Chainlink, entre muchas otras. En el caso colombiano, el sitio de internet Coin Dance muestra que las negociaciones semanales se acercan a los 15.000 millones de pesos.
Todas las alternativas de este tipo comparten el principio de bases de datos electrónicos que forman una estructura conocida como cadena de bloques, que se ubica en el ciberespacio, cadenas que equivalen a un libro contable digital a prueba de manipulaciones y lejos de la supervisión gubernamental. Dada la arquitectura del sistema, este es inexpugnable, algo que es parte de su atractivo.

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Igual, el misterio persiste. Jeffrey Robinson, un autor de un libro al respecto, describió el bitcóin y sus pares como un “algo digital que pretende ser una moneda, el mismo algo digital que pretende ser un bien (…) y una tecnología que resulta ser brillante”.
Pero, más allá de cualquier definición, hay una realidad económica innegable. Los 18,6 millones de bitcoines creados desde su lanzamiento tienen un valor conjunto que supera el billón de dólares y equivale a más de tres veces lo que produce la economía colombiana en un año.

A pesar de haber llegado a esa marca simbólica, más de un escéptico se pregunta si no se podría repetir lo ocurrido en diciembre de 2017, cuando sucedió una euforia parecida. En contra de los pronósticos que hablaban de precios superiores, un año después el bitcóin se vendía a una cuarta parte de su récord, y así permaneció durante un buen tiempo.

Entender por qué las criptomonedas salieron de su letargo exige mirar las medidas tomadas por los gobiernos de los países desarrollados para mitigar los efectos de la pandemia. Con el fin de aminorar los costos sociales de los confinamientos obligatorios, las naciones más ricas gastaron más de 12 billones de dólares en programas de ayuda, mientras los bancos centrales inyectaron abundante liquidez.

Lo anterior se combinó con tasas de interés cercanas a cero, que de paso les permitieron a las potencias endeudarse a un costo mínimo. Ante la presencia de tanto dinero, los inversionistas buscaron opciones que dieran rendimientos atractivos y se metieron en terrenos nuevos, a pesar del riesgo.

A ese factor se sumó la incertidumbre, como consecuencia del avance de un virus que trastornó la cotidianidad de miles de millones de personas. Tal como el oro es considerado un refugio cuando hay más dudas que certezas, las criptomonedas fueron presentadas como un salvavidas en medio de la tormenta del covid-19 o ante el temor de que la inflación regrese con fuerza.

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No obstante, las dudas de siempre persisten así una parte creciente del establecimiento considere respetable meterse en este terreno. Los conocedores de la historia recuerdan que este tipo de burbujas especulativas forman parte de la historia de la humanidad, como sucedió en Holanda con los tulipanes a comienzos del siglo XVII o en la Florida con la finca raíz en los albores del siglo XX.

Entender por qué las criptomonedas salieron de su letargo exige mirar las medidas tomadas por los gobiernos de los países desarrollados para mitigar los efectos de la pandemia

Lo rescatable

Más allá de los altibajos del mercado, existen elementos que vale la pena tener en cuenta. El más importante es que aquí hay un criptoactivo que opera como un instrumento financiero y que cuenta con un valor. La existencia de cajeros automáticos que dispensan billetes para quien quiere convertir sus bitcoines es apenas una expresión práctica de ese “algo” con el que se pueden comprar bienes o pagar servicios.

Pero tal vez sea más significativo el hecho de que hay movimientos hacia la coexistencia entre las innovaciones y los mecanismos tradicionales establecidos. De vuelta a Colombia, en enero pasado un comunicado de la Superintendencia Financiera habló del comienzo de un plan piloto por medio del cual se permitirán operaciones de depósito o retiro de recursos a nombre de plataformas de intercambio de criptoactivos.

En el grupo de escogidos para participar en aquello que se llama la ‘arenera’ –una especie de escenario de experimentación– hay nueve binomios, que en la mayoría de los casos incluyen a los bancos de mayor tamaño con una criptomoneda específica. Uno de los propósitos es explorar la trazabilidad de las operaciones y la gestión de riesgos, con la idea de realizar las evaluaciones del caso y eventualmente llegar a autorizaciones de carácter general.

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Buscar el tránsito por dicha senda es una buena idea, pues incorporar las negociaciones en criptoactivos al sistema financiero es la mejor manera de evitar eventuales dolores de cabeza, algo que pasa por educar al público. Este, por ejemplo, necesita entender que el bitcóin y otros de su especie no son realmente una moneda, pues tiene limitaciones que son insuperables, como no tener un respaldo definido o no ser emitidos por un banco central.

A su vez, un proyecto de ley impulsado por el representante Mauricio Toro busca mejorar la calidad de las normas existentes, creando una figura que permita hacer inversiones y recibir recursos del público que desee meterse en este campo. Esos nuevos vehículos harían los reportes legales del caso e informarían sobre sus clientes a las entidades dedicadas a la supervisión.

En las previsiones que se hagan vale pena tener en cuenta que también hay pasos de animal grande. Cada vez es más evidente que en la medida en que el público abandona el papel moneda, el dinero digital apunta a ser una realidad. De hecho, el Banco de Pagos Internacionales sostiene que para 2024 una quinta parte de la población mundial tendrá acceso a especies de este tipo, emitidas por diferentes bancos centrales.

Los conocedores de la historia recuerdan que este tipo de burbujas especulativas forman parte de la historia de la humanidad, como sucedió en Holanda con los tulipanes a comienzos del siglo XVII

China, sin ir más lejos, está embarcada en un ambicioso proyecto que incluye distribuir el equivalente de varios millones de dólares entre decenas de miles de consumidores. Suecia, igualmente, ha adelantado ensayos que buscarían ir cada vez más lejos.

Eso no quiere decir que el diseño sea sencillo, así la tecnología haya avanzado tanto. Un enorme reto es contar con sistemas de monitoreo para evitar el lavado de activos o las actividades criminales, lo que forma parte de la realidad oscura de las criptomonedas de ahora.

No es una mera coincidencia que en esta parte de Suramérica los seguimientos de los entes de control muestren que un número importante de negociaciones sucede en lugares en donde hay cultivos ilegales o en las zonas de frontera. A fin de cuentas, en lugar de mover billetes físicos de un lugar a otro, es mucho más atractivo realizar una transacción encriptada que resulta imposible de descifrar para cualquier agencia de seguridad.

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Y aunque esa circunstancia atraerá adeptos a las criptomonedas que no son monedas, también son el principal obstáculo para que se generalice su aceptación como un medio de pago válido. Entonces, algún tipo de formalización, entonces, es obligatorio.

En conclusión, los expertos insisten en que esta es una opción que hay que tomar con pinzas. Como señala el superintendente financiero, Jorge Castaño, “frente a comportamientos como el evidenciado en las últimas semanas para el bitcóin solo cabe una palabra: precaución”. Y agrega el funcionario: “Hay riesgos intrínsecos a la naturaleza del activo: altísima volatilidad, irreversibilidad de las transacciones, ausencia de una jurisdicción o emisor que asuma carga de revelación de información, entre los más relevantes”.

Los peligros son evidentes. Un cambio repentino en el viento puede ocasionar un desplome incontrolable, ante el cual muchos simplemente se dedicarán a ver los toros desde la barrera. Y eso es mejor que salir corneado por una vaca loca que corre desbocada, sin importar que Elon Musk haya decidido arrearla.

RICARDO ÁVILA
ANALISTA SENIOR
ESPECIAL PARA EL TIEMPO